SEMANA 3 - MIENTRAS CALI RESISTE, SEMANA Y DUQUE SUPLANTAN EL PERIODISMO

06 Julio 2021
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Por: Isabella Portilla

Cubrimiento mediático del Paro Nacional

Semana 3

Del 12 al 26 de mayo de 2021  

Cali resiste. Y lo hace con ímpetu. Cali es una ciudad ejemplar para Colombia: en la tercera semana del paro, se organiza y sale a marchar. Marchan los estudiantes, los profesores, los jóvenes ninis -esos que ni trabajan ni estudian- y no por “vagos”, como diría la senadora del Centro Democrático María Fernanda Cabal, sino porque el Estado no les propicia ningún presente y menos un futuro. Marchan los indígenas Misak, las feministas, los sindicalistas, las comunidades afro, lgbti, los artistas, los habitantes de calle, los que nunca han salido a marchar. Y gracias a esa resistencia los convocantes al paro declaran la movilización continua.

Cali resiste y se comunica. Cada ciudadano tiene algo qué expresar: un reclamo, una tragedia, un cántico, un grito de exigencia al gobierno. Pero la lucha del pueblo caleño no puede efectuarse en paz. El nivel de incidencia del narcotráfico en la zona ha sido caldo de cultivo de las Bacrim, de grupos infiltrados de las guerrillas y de los dueños de las camionetas blancas, favorecidos por el boom de los carteles de Cali y del norte del Valle en los 90. Entre todos inician la confrontación hasta terminar a disparos con la Policía; la ciudad es militarizada y, por lo tanto, el número de crímenes de Estado y atentados a los derechos humanos aumenta conforme pasan las horas. En medio de las manifestaciones, hasta el 17 de mayo, la ONG Temblores denunció 2.387 casos de violencia por parte de la fuerza pública. Según la Defensoría del Pueblo, hasta el 21 de mayo se presentaron 106 reportes de violencia "contra mujeres y personas con orientación sexual e identidad de género diversas". 

Los vallecaucanos alertan por medio de las redes los abusos policiales, las balas que disparan de forma indiscriminada en los barrios populares, desapariciones, saqueos y disturbios ocasionados por infiltrados de grupos subversivos, e incluso informan hechos tan atroces como la masacre de Siloé y el Lido que deja a 5 jóvenes muertos y heridos a más de 30. 

El periodismo ciudadano prende una alerta roja en un país que, conmocionado, se informa a través de Twitter, de transmisiones en vivo en Facebook, de historias de Instagram y de videos que se difunden por YouTube, WhatsApp y Telegram donde resuenan las ráfagas y disparos a la par de voces asustadas que relatan los sucesos. Crece la conmoción y también la rabia entre los colombianos y es en esa efervescencia en donde se fortalece el compromiso de medios regionales y alternativos que informan desde las calles y sin temor a que sus periodistas resulten muertos, como es el caso del Canal 2 de Cali, el medio más sobresaliente en el cubrimiento de las manifestaciones. Sus periodistas, en cabeza de José Alberto Tejada y Jhonatan Buitrago, registran las escenas violentas y visibilizan los puntos neurálgicos de la arremetida estatal en la ciudad. Pero no solo eso, también cuestionan las fuentes oficiales, contrastan la información, repudian los comportamientos del Esmad y ayudan a exponer sus crímenes con el ánimo de que los judicialicen. Medios alternativos como Cerosetenta y Vorágine también dan ejemplo al producir constantemente información que muestra el proceso de movilización y el avance de las negociaciones. Importante es resaltar que analizan el contexto: revisan otros procesos de lucha social, detectan las causas -acentuadas en los incumplimientos del gobierno- y en esa medida, permiten comprender las razones de los marchantes al tiempo que legitiman la acción ciudadana como una forma de participación política. 

Sin embargo, en medio de la descarada guerra urbana que tiene como epicentro Cali -pero que se replica en las principales ciudades del país- la Revista Semana en su edición del 22 de mayo culpa de lo ocurrido a Gustavo Petro. En la portada se ve la mitad de la cara del líder de la oposición quemada, con un montaje de los jóvenes marchantes y de fondo, un incendio, llamas altas que emulan un infierno y que rematan con un mensaje exclamatorio: “Petro, ¡Basta ya!”.

Semana señala al ex candidato presidencial como el protagonista del paro y dice que sus redes “atizan la hoguera en un país acosado por la violencia, en una profunda crisis económica y transitando hacia la anarquía”. En una clara línea editorial parcializada, acomodada a los intereses del oficialismo y desbalanceada hacia la oposición, la revista se convierte en un altavoz del gobierno desde donde pontifica tres acciones de un conservadurismo que a menudo carece de propuestas ajustadas a la realidad social colombiana: el bien hacer, el bien decir y el bien pensar. 

¿Qué tipo de periodismo culpa al líder de la oposición de las muertes y desastres sucedidos en tres semanas de paro sin hacer mención, siquiera, al hecho de que Colombia ha experimentado otros dos episodios representativos de esta forma de protesta, como el 21N de 2019 y los de septiembre de 2020 que surgieron de la iniciativa del pueblo? Además de negar cualquier posibilidad de contexto de las marchas, Semana se atreve a desconocer el paro como una medida de interpelación al Estado y lo deslinda de ejemplos internacionales que buscan una forma de organización colectiva y horizontal y que no reconocen mecanismos de representación de la izquierda, sino que visibilizan la urgencia de hallar espacios de diálogo en múltiples niveles con el gobierno, como es el caso de la primera línea chilena, el movimiento independentista hongkonés o los chalecos amarillos franceses. 

La revista pregona la voz del gobierno de Iván Duque y por lo tanto subestima a sus lectores tratando de adoctrinarlos con un discurso proselitista, en medio de un contexto  pre-electoral, cuando debería ser capaz -igual que todos los medios- de exponer las peticiones, exigencias y puntos de vista de todos los actores y colectivos implicados. 

Las reacciones ante la portada no dan espera, un grupo de empresarios y líderes de opinión mandan una carta a su directora, Vicky Dávila, en la que califican la publicación de “infame” y amenazante para la vida de Gustavo Petro, rechazándola y pidiendo rectificación. Para Antonio Morales, periodista y conductor del programa Café Picante, esta publicación ataca a Petro “con mentiras y post verdades sobre el paro” y al darle visibilidad, le ayuda a constituir una “eficaz campaña electoral”. En su columna de Los Danieles, Daniel Coronell asegura que tanto la autoentrevista de Iván Duque en inglés que circuló desde el 22 de mayo como la portada de Semana “son actos de malevaje” que le sirven a Álvaro Uribe para “venderle a millones de personas la falsa idea de que el año entrante Colombia está condenada a escoger entre quien diga él y el caos”. 

En la entrevista organizada por su oficina de prensa, el presidente Iván Duque sostiene que cuando ganó las elecciones, el candidato de la oposición iba a estar en las calles durante todo su periodo con el propósito de no dejarle gobernar el país, declaraciones contrarias al discurso que dio Gustavo Petro cuando asumió su derrota electoral. Lo curioso es que en las entrevistas internacionales que concedió, Duque no se atrevió dar esas declaraciones, posiblemente por temor a que sus entrevistadoras, Christiane Amanpour de CNN y Patricia Janiot de Univisión, le pidieran pruebas que sustentaran su denuncia. 

En conclusión, la semana tres del paro deja al periodismo colombiano en una encrucijada: si una de las principales revistas del país y el mismo presidente de la república falsifican, impostan y usurpan el verdadero rol periodístico, qué tipo de democracia se supone que tienen los colombianos, ¿será la que considera que los ciudadanos tienen derecho a informarse pero con la condición suplantable del Estado?